¿Qué es y cómo afecta el estrés a tu salud?
Actualmente vivimos rodeados de estímulos que activan diariamente nuestros ejes de estrés.
El trabajo, la falta de tiempo, la comida basura o el exceso de preocupación, se han convertido en verdaderos protagonistas de nuestra vida.
El estrés, evolutiva y fisiológicamente, nos ha ayudado a sobrevivir y a reaccionar ante situaciones de peligro, poniendo en marcha todos los mecanismos del cuerpo para generar respuestas defensivas precisas.
Así, cuando estamos en una situación complicada, por ejemplo si alguien nos quiere hacer daño o sufrimos una infección, el cuerpo pondrá en marcha los mecanismos necesarios para que seamos capaces de responder adecuadamente y con eficacia ante el peligro.
Cuando sufrimos una situación amenazante se producen diferentes fenómenos en el organismo:
Aumenta el ritmo cardiaco y la presión arterial.
Aumenta la frecuencia respiratoria.
Se detiene la digestión para ahorrar energía.
Se produce una dilatación de las pupilas y aumenta el estado de vigilancia.
Aumenta el aporte de oxígeno al músculo.
Estos son algunos ejemplos de lo que sucede en nuestro cuerpo cuando se ve sometido a una situación peligrosa.
Pero… ¿Sabes realmente cómo funciona?
El estrés es una reacción fisiológica del organismo, que se genera por una respuesta automática ante condiciones externas, percibidas por la persona como amenazantes y que activa mecanismos de defensa.
Esta respuesta debe ser aguda y corta en el tiempo y tiene diferentes fases:
Primera oleada: se activa el sistema nervioso simpático (SNS).
El estresor activa el hipotálamo y éste genera un impulso nervioso que conduce la información a través de fibras nerviosas hasta las glándulas suprarrenales, más concretamente a la zona de la médula suprarrenal, liberándose catecolaminas como la adrenalina y la noradrenalina.
Esta respuesta es rápida y breve y dura unos pocos minutos.
Segunda oleada: se activa el eje HPA (hipotálamo-hipófisis-adrenal).
El hipotálamo libera CRH (hormona liberadora de corticotropina).
Hipófisis: recibe CRH y libera ACTH (hormona adrenocorticotrópica).
Glándulas suprarrenales: reciben ACTH y liberan cortisol al torrente circulatorio.
Esta respuesta se produce después de la producción de catecolaminas y es más duradera en el tiempo.
Nos ayuda a combatir el estrés apoyando al sistema nervioso simpático y se encarga de apagar el sistema inmune y de resolver la inflamación una vez que el peligro pasa.
Para que todo termine de forma eficaz y organizada, es importante la activación de otro sistema: el sistema nervioso parasimpático (SNPS). Comienza a funcionar cuando ya ha pasado el estado de alerta y termina aproximadamente a los 90 minutos de comenzar la respuesta estresora. Crea en los órganos y en el cuerpo un estado de calma cuando ha culminado el peligro y es el encargado de regular la tensión arterial, bajar la frecuencia cardiaca, respiratoria y devolver la homesotasis al organismo.
Como ves, el cuerpo es sabio y sabe cómo debe protegernos y repararnos para encontrar el equilibrio natural.
Lo más importante es que nuestro cuerpo sea capaz de resolver la inflamación correctamente, y para ello necesitamos que exista un ritmo en la activación de estos ejes y que estén coordinados. Esto sería lo ideal y fisiológico y es para lo que el cuerpo está diseñado.
El problema se presenta en la actualidad, al estar rodeados de estresores crónicos que activan permanentemente estos ejes, contribuyendo así a que nuestro sistema inmunológico esté constantemente en actividad y pierda eficacia.
Este estrés crónico al que estamos sometidos diariamente conduce a un estado denominado “inflamación de bajo grado”, y se relaciona con el desarrollo de múltiples enfermedades crónicas como pueden ser las relacionadas con el sistema cardiovascular, respiratorio, digestivo o metabólico.
Además, la producción excesiva de cortisol genera un estado proinflamatorio en el organismo y puede ser neurotóxico, favoreciendo la aparición de desajustes en el sistema nervioso central, como alteraciones cognitivas, en el aprendizaje o la memoria.
¿Qué factores pueden activar crónicamente tus ejes de estrés?
Presencia de patógenos en el organismo (bacterias, virus, hongos…).
Estrés emocional.
Depresión y ansiedad.
Abuso de medicamentos.
Exposición a sustancias químicas, pesticidas, micropásticos y disruptores endocrinos.
Contaminación ambiental.
Sedentarismo o falta de movimiento.
Ausencia de luz solar.
Alteraciones del biorritmo.
Dieta proinflamatoria (gluten, azúcar, procesados…).
¿Sabes que síntomas puedes tener si tus ejes de estrés están activados de manera crónica?
La sintomatología asociada al estrés crónico es muy variada y está muy relacionada con el desarrollo de problemas digestivos (intolerancias, inflamación, disbiosis…), respiratorios (asma, alergias…), ansiedad/depresión, falta de energía, cansancio, fatiga crónica, dermatitis o problemas cutáneos, infecciones recurrentes, migraña, enfermedades autoinmunes…
En las primeras etapas de la vida desarrollamos y maduramos nuestros ejes de estrés, dejando una impronta, una programación que repercutirá en la futura tolerancia al estrés y en la aparición de patología en la edad adulta.
Las experiencias adversas al inicio de la vida (maltrato, desnutrición, exposición a tóxicos…) son probablemente el factor de riesgo que más daña nuestra capacidad de tolerancia al estrés y es un factor para la desincronización de los mismos.
La programación del estrés en los primeros años de vida es imprescindible para una buena gestión en el adulto y por ello es importante que nos sintamos protegidos, cuidados y que nos desarrollemos en un contexto seguro y de confianza desde una edad temprana.
Y después de todo esto…
¿Cómo puedes trabajar tus ejes de estrés?
Aquí te dejo algunas recomendaciones y herramientas sencillas para que puedas mejorar tu calidad de vida y recuperar la homeostasis:
Respiraciones lentas y profundas.
Meditación.
Evitar tóxicos alimenticios, pesticidas, tabaco, alcohol…
Alimentación saludable y variada.
Descanso nocturno suficiente.
Ejercicio físico regular.
Hacer cosas que te generen bienestar en tu día a día.
Estar en contacto con la naturaleza.
Dar cariño y afecto a las personas de tu entorno.
Contacto piel con piel (abrazos, masaje...).
Calor (sol, sauna…).
Recuerda que tus emociones, lo que comes y tu entorno, puede afectar a tus ejes de estrés y que la buena o mala gestión del mismo serán piezas clave en la recuperación de tu salud.